Hace ya trece años pasó nuevamente la muerte cerca de mi persona, sin tocarme aunque rozándome.
Era invierno en Buenos Aires. Tiempo atrás había fallecido mi suegro, un gran abogado y excelente persona, el doctor Manuel Chorni. Cada tanto vamos con mi esposa a visitar su tumba, en el Cementerio Israelita de Berazategui, provincia de Buenos Aires, Argentina.
En ese tiempo aún no se había puesto una cobertura rectangular de cemento la tumba estaba con tierra solamente y una pequeña lápida indicaba su nombre y fecha de nacimiento, en castellano y hebreo.
La lápida era de mármol, no rectangular sino provisoria.
Ese día, un domingo, fuimos al cementerio y notamos que estaba rota. No por algo intencional seguramente sino por algún accidente. Formulamos el reclamo en Administración y nos dieron otra dirección, en la ciudad de Buenos Aires, donde se daría desde una central la orden para el reemplazo.
El día siguiente, lunes, haría ese trámite. Creo que la memoria de nuestros seres queridos debe preservarse y respetarse aun en esos detalles.
Tenía en ese tiempo dos trabajos. Uno de ellos era el tipeo de libros para una editorial jurídica, que hacía en una computadora. Varias personas trabajábamos en esta empresa, entregando regularmente el material procesado en computadora.
Por la tarde hablé por teléfono con una compañera, Myriam P., quien debía entregar el tipeo de parte de una revista al día siguiente, para ver cómo estaba y si todo iba bien.
Esos días las cosas no habían ido bien... Myriam tenía una enfermedad, escoliosis, que a veces le causaba un fuerte dolor en la espalda (afecta la columna vertebral). Le faltaban pocas páginas para concluir su trabajo pero el dolor le hacía muy difícil concluirlo. De esta entrega dependía su facturación y cobro, que si no se cumplía retrasaría su posibilidad de recibir a tiempo el pago.
Mi tipeo es rápido, así que no dudé en formular un ofrecimiento. Al día siguiente, antes de entrar a mi otro trabajo, donde podía llegar hasta el mediodía, tipearía las páginas que le restaban, dejando el trámite del reclamo de la lápida para el martes, un día después. Esta pequeña postergación no afectaría el reemplazo.
El lunes entonces me presenté en su domicilio y en poco más de una hora concluí el trabajo de Myriam, que así podría cobrarlo como tenía previsto.
Ya hecho esto tomamos un café; a lo lejos se escuchó una explosión y minutos más tarde algunas sirenas. Me fui con curiosidad sin pensar que era algo muy grave.
Pocas cuadras después vi gente observando un negocio de venta de electrodomésticos que tenía televisores en la vidriera.
Ese día, 18 de julio de 1994, a las 9:53, un atentado terrorista había destruido la sede de la AMIA, la mutual judía de Buenos Aires.
En ese lugar estaba la administración de cementerios en la cual tenía previsto formular el reclamo por la lápida rota de la tumba de mi suegro.
Más adelante supe que en esa oficina no hubo sobrevivientes.
Aquel gesto solidario salvó mi vida entonces... Doy gracias a Dios por ello y comparto el hecho en estas líneas, recordando en actitud respetuosa de homenaje a quienes perdieron la vida o fueron heridos en aquel trágico hecho, pensando que el Destino me dijo que todavía no era el momento. Alberto Auné
Gambeteando a la muerte (2)
Vie, 2007-11-02 19:37







